El otro día escribí en mi instagram el siguiente texto, igual que lo compartí en facebook, con la primera imagen (aquí abajo), y ahora decidí hacer la continuación más extendida y meditada acá. ¡Vamos!

Muchas curvas, pocas rectas, en el camino como en la vida
Muchas curvas, pocas rectas, en el camino como en la vida

La idea que daba vueltas en el colectivo, de camino al congreso

Tenía en Jujuy un pensamiento recurrente, casi como que me debía un momento de reflexión respecto de varias cosas. Me pasaba generalmente en el trayecto del centro al congreso, en el viaje del colectivo, por la mañana.

El primero viene de la frase que la gente adulta, de juventud acumulada y supuestamente (según el estándar social) gente madura, que suele decir: “que lindo una casita con esta vista para cuando me jubile”.

El segundo es algo que quizás pertenece más a la insistencia de mi ángel de la guarda, como digo yo cuando se me ocurren pensamientos que no creo del todo propios, de “si me iría a vivir a Jujuy”.

El tercero y último, sobre la cultura, tradición e idiosincrasia andina, colla, nativa, aborigen-moderna, en contraste con la sojización y la biotecnología.

En las Salinas, después de ver dos horas de paisajes como el de la foto, cerros de todos los colores, huellas en la montaña por el paso de caravanas de burros, corrales de piedra para las llamas y las vicuñas corriendo libres por las praderas rocosas, después de todo eso llego la nada: silencio (ni viento había para hacer ruido), blancura que enceguece, ausencia de vida, sal y más sal. Ahi me senté, culo en la sal y espalda en una pila de cloruro de sodio a pensar.

No vi espejismos ni nada raro, solo deje que el pensamiento me llevara a donde quería: yo solamente lo acompañe. Para comenzar, por un momento, imaginá que tomás mates debajo de frutales, con muy buena compañía, y esa es es tu casita…

Paisajes, por un momento imaginá que tomás mates, y esa es la casita de tus sueños
Bajo de un frutal, mates, buena compañía, una casita sencilla pero cómoda, y ESE PAISAJE…

El silencio, la ausencia y los minutos de reflexión

El camino de casi 2hs desde San Saldador de Jujuy, la ciudad capital de la provincia, hasta las Salinas Grandes de Jujuy, pasando a comprar provisiones por Purmamarca y buscar compañeros de viaje (más pasajeros que se sumaban a la excursión), ese camino que recorre cerros, montañas, pre-cordillera, es realmente hermoso.

Lo característico es el variado paisaje de colores, como en vetas, como pintados por una mano maestra que los diseñó para bajarse del auto, dos reposeras, abrir la canasta con el mate y unas galletas con picadillo, y estar no menos de una hora por mirador. Conste que la próxima (eso dije la vez anterior) lo cumpliré.

Hace 3 años más o menos fui a Salta y la excursión llegaba a los mismos paisajes de la vecina provincia de Jujuy, es decir que ya estuve 3 veces en Purmamarca y Tilcara, pasé por ese mismo camino y, aunque algunas imágenes me suenan conocidas, no dejo de sorprenderme y traer a mi memoria el pensamiento y reflexión de la primera vez que los ví: “la existencia de Dios puede comprobarse en la creación y la naturaleza, donde el hombre aún no ha podido comprender todos sus misterios, ni tampoco crear cosa similar”.

Aquella vez pensaba qué constructora, por más internacional, maquinaria moderna, envergadura, ingenieros, paisajistas, arquitectos, qué corporación podría construir algo similar, así sea una pizca de parecido, semejante paisaje en belleza y tamaño. Nadie, en absoluto.

Los colores en las montañas de Jujuy

En ese camino donde vas viendo paisajes mínimamente intervenidos, solo alguna huella que deja el paso desde las épocas prehispánicas del inca con caravanas de llamas, hoy todavía con caravanas de burros, algunos corrales circulares de cercos de piedra y en desnivel, casitas humildes mimetizadas entre laderas y una tímida pantalla solar de generación eléctrica o antena de DirecTV.

La bandera celeste y blanca que flamea en las escuelas de todo el país, de Ushuaia a La Quiaca, a la que los libres del mundo responden, a la que cada vez se le canta menos el himno y se la viste solo en mundiales de fútbol. En estas escuelas, con el casi obligatorio potrero que muestra dos arcos hechos de palo (y ningún árbol en kilómetros a la redonda), desteñida por el sol y deshilachada por el viento, no falta el distintivo de la República Argentina ondeando en lo alto del mástil.

En estos caminos caracoleados, que en día hace calor por el fuerte sol, y de noche te congelas a peligro de hipotermia, que terminan representando de forma alegórica la cuesta y precipicio que propone cada paso en la vida.

Y al final del camino, casi en el límite con la mítica Ruta 40, encontrás el blanco enceguecedor de las salinas: silencio, paz, ausencia, aire puro, sentimientos extraños. Es que uno va a conocer sólo una salina, hasta con la alegría de robarle al suelo un granito de sal (muy similar a la sal gruesa de paquete), probarlo, y pensar que en unas semanas podrá estar en tu mesa.

Espejismos, paisajes y reflexión en las salinas de Jujuy
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